sábado, 17 de mayo de 2025

TODO ESFUERZO ES VANO

 

Por: Hugo Reyes Saab


Hay un sino que gobierna a los habitantes que osan tener esperanza en estas tierras malditas. Una ansiedad que los hace andar hacia ninguna parte, un entusiasmo tan fuerte e inútil, como el del hámster en la trotadora: por más que lo intente, todo esfuerzo será vano, su destino es circular. 

Mateo Quintero Segura, a través de una arquitectura narrativa similar a la de una muñeca rusa, invita al lector a destapar, uno a uno, los cuerpos de historias entrelazadas gracias a la intervención de narradores múltiples; un acto coral en el que los implicados expresan su esfuerzo por sobrevivir a situaciones que los exceden. Sus relaciones afectivas, pasionales o paternales, los pierden por laberintos sinsentido, por dolores inconfesados, e instinto de supervivencia que al mezclarse hacen lo único que saben hacer bien: sobrevivir, aunque de mala manera. 

La novela de Mateo, “Todo esfuerzo es vano”, no solo comparte la voz y el sentir de lo humano; también concede protagonismo a los seres inanimados: hay unos que guardan silencio, como el alcohol que viaja por las venas de los protagonistas o las ruinas de los edificios los cuales son un recuerdo de la grandeza del pasado; otros más contundentes, como el Viaducto que observa a la gente que lo transita día a día, esa que se balancea en el borde para mantener el equilibrio y no caer en el abismo; ese ser envidioso de lo que sienten las personas y no las cosas, pero que, a fuerza de convivir, termina por mancharse con la sangre de sus tristezas. Al final nos explica, de qué material están hechos los corazones rotos. 

El juego de Matrioshkas —las muñequitas rusas que el lector cree necesario destapar para descubrir el sentido oculto de la narración— resulta ser un artilugio hábilmente manejado por el escritor. Es un engaño que nos lleva a una aventura maravillosa e inútil, pues ya todo estaba planteado en la superficie, desde la primera página, solo que invisible a los ojos de quienes se resisten a aceptarlo: hay pueblos como el nuestro, condenados al sufrimiento y a la destrucción. 


sábado, 15 de marzo de 2025

Todo al revés

Por:

Hugo Reyes Saab


Si existe un escritor con capacidad para disponer “todo al revés”, es Óscar Godoy Barbosa. Esa destreza no responde a una rebeldía, sino a un recurso fino, artístico e intelectual, que lleva al lector a contemplar lo común con ojos distintos. Su pluma aborda los temas desde ese otro lugar donde muchos verían las cosas patas arriba, pero que él invierte con sus cuentos, donde estar en el lado opuesto es lo derecho.

Su libro "Todo al revés", abre las páginas con Susana y el sol, la historia íntima del gozo de una joven prostituta quien osa escaparse de su habitación oscura y maloliente, para disfrutar por un instante los rayos tibios de la mañana; los vecinos se escandalizan, ella ha pasado por alto quiénes son los dueños de esa luz; este es un privilegio para gente de bien, no para callejeras. Los gritos de reclamo de su proxeneta la hacen volver a la realidad… Una fuga, narra con lenguaje sencillo pero deslumbrante, la primera exploración del mundo de un escritor aprendiz, puesta en la curiosidad del joven que se atreve a tomar una calle distinta, trepar montaña arriba para escapar de su barrio, en busca de ese territorio intuido más allá de las casas que lo rodean. Ese atrevimiento despierta al hombre capaz de conquistar esos territorios… Los días del asombro, son la evocación nostálgica de las vacaciones del colegio, la ilusión de un futuro con más de esos momentos felices, y el fracaso de esos sueños debido a la violenta realidad del país. La pérdida de la inocencia, el recuerdo del padre ausente, se describen con maestría en las imágenes de las siete linternas de los asesinos al rastrear a sus víctimas en la oscuridad, y en la sombra impertinente del fotógrafo que se cuela en las fotos del álbum de la familia… Extinción, es el enfoque apocalíptico de las consecuencias extremas del odio y la violencia; poco a poco, un asesino sin rostro elimina a los habitantes de la ciudad; lo que en un principio parece un problema ajeno, se convierte en propio, pues nadie queda vivo. El temor a la muerte se instala en el corazón de los personajes, mientras un texto cinematográfico, con silencios interrumpidos por disparos y explosiones, advierte al espectador, que contenga la respiración ante el desenlace… El juguete abandonado, plantea la creación narrativa como una habilidad entre videncia o telepatía; un juego de realidades fantásticas, que da la posibilidad de presentir y vivir una historia antes de escribirla. 

Así pasan otros títulos, páginas, emociones y giros, secuencias entrañables de un libro donde es fácil imaginar que Óscar es ese niño que una mañana se fugó de su habitación, trepó la montaña, quitó el broche de la cerca que le impedía el paso a lo desconocido, y se deslizó por el boquete hacia un nuevo continente: un acto que lo hace ser el conquistador de su radiante literatura.   




viernes, 31 de enero de 2025

EL CONFLICTO


Por:

Hugo Reyes Saab


 Las reacciones suscitadas por el lanzamiento de la serie Cien Años de Soledad en Netflix, revelan sin filtro lo que somos como país; además de los gustos o disgustos generados por la obra misma, sus aciertos o desaciertos, sorprende la capacidad de encendernos al mejor estilo de las barras bravas en un estadio, carecemos de la virtud de la contención propia de un pueblo civilizado. Lo confieso, también tuve dificultad para digerir las imágenes, las acciones y los diálogos de una producción valiente al colarse en la catedral custodia de nuestro imaginario colectivo; pero de ahí a engancharse en una contienda, es un ejercicio inútil. Hay algo de razón en el comentario de la escritora y columnista Carolina Sanín al decir que la artificialidad de la producción incomoda, que su cinematografía entre Encanto de Disney y ambientación de restaurante típico impide entrar en contacto con el “fantasma” que se percibe al leer el libro de García Márquez; esto significa, la correspondencia que se entabla con las situaciones, rostros y lugares, que primero deben sentirse para luego inventarse en la mente del lector. Esta relación íntima falla, cae en los estereotipos, no es delicada para hipnotizarnos y convencernos de que lo que vemos en pantalla corresponde a la “realidad” que cada uno de nosotros le ha construido al libro. Carece de magia, del acto prestidigitador al cual nos tiene acostumbrados Gabo. Es decepcionante, pues uno de los productores es Rodrigo García, su hijo, quien es un director de cine altamente sensible, caracterizado por la sutileza psicológica que les imprime a sus creaciones.  

Manifiesta la incomodidad, debo hablar de los aciertos: es muy importante haber bajado de los anaqueles de las lecturas obligatorias una obra que, precisamente por impuesta, fue liquidada para la gran mayoría de lectores. Es increíble cómo antes de ser producida por Netflix, muchas personas negaban haberla leído, le temían y la odiaban por lo enredado de sus genealogías, habían recurrido a los folletines de resumen literario para entregar la tarea escolar. Por mi parte, tuve la ventaja de escuchar la clase de mi profesora de español, La Señora Chavita, quien nos advirtió que nunca lo leyéramos, pues era un libro sucio, lleno de malas palabras. Y a quién se lo dijo… ¡A mí!, más curioso que un gato. Ya lo había visto en la biblioteca de la casa, y no pude soportar la tentación de tomarlo; a los trece años, a escondidas, muerto de miedo leí el primer párrafo. La escena en donde el coronel Aureliano Buendía, frente al pelotón de fusilamiento, recuerda la tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo, me fulminó; y así como él se salva de la muerte, yo me descubro como escritor al emocionarme con tal intensidad ante el hechizo de un párrafo. 

Es válido que de esta obra se hagan muchas versiones. Así como Shakespeare ha tolerado múltiples montajes, al universo García-Marquiano se le debería dar la oportunidad de experimentar para así llegar a las personas que desconocen su obra. Se trata de darle a la literatura la posibilidad de salvarnos en medio de este mundo mezquino. En este punto encuentro lo que me quiero quedar de la serie: me explicó el por qué cuando he leído el libro me ha enternecido —y desolado— el personaje de Remedios Moscote. Es una sensación inquietante e intensa en el paladar cada vez que repaso su historia. ¿Por qué un ser tan hermoso e inocente, compasivo y empático, es introducido y sacado de forma tan abrupta y sangrienta de la obra? ¿Será para explicar el origen de lo endémico de nuestra violencia? Esa visceralidad en estado de alerta cuando algo —o alguien— se nos cruza en el camino de nuestras convicciones. Hay una incapacidad para establecer dialécticas, el ejercicio de opiniones conducente a la conclusión liberadora. La paz siempre será el mártir de nuestros ideales. Remedios es una pausa dentro de una prosa delirante, pero cargada de crueldad. 

Las imágenes que ensambló la plataforma me lo esclarecieron: la muerte de Remedios activa la personalidad oculta del coronel Aureliano Buendía —su viudo—, quien termina siendo el guerrero más liberal y sangriento. Al igual que en él, nuestra violencia proviene de una pena de amor, un duelo, pues los escasos momentos de ternura vividos, son arrebatados rápidamente, no vaya y sea que nos volvamos tibios o blanditos. Sufrimos de abandono, así como la escasez de bondad es peculiaridad de nuestras relaciones. Aunque creemos la alucinación colectiva de que somos buena gente, todavía falta mucho para que anulemos la maldición final del libro, la que dice que aquellos pueblos condenados a cien años de soledad serán borrados de la faz de la tierra. Es importante recordar que estar solos significa la tristeza de no poder contar con los otros. 


domingo, 15 de diciembre de 2024

Los perdidos

 


 Por: Hugo Reyes Saab

Al interior de nosotros debe existir una réplica exacta del mundo que vemos afuera; ese es el origen de los deseos: lo que se busca por fuera refleja una carencia interna; los objetos que llaman nuestra atención son producto de una ansiedad espiritual más que física.

Visto así es válido plantearse ciertas preguntas: ¿por qué Colombia es una fábrica de historias? ¿A qué se atribuye el hecho de que en este país es posible encontrar —y vivir— las cosas más absurdas que cualquier autor hubiese querido imaginar para sus obras? Será porque nuestra psiquis ha elaborado una réplica de la realidad, de naturaleza flexible, como la de un perdido que por supervivencia, activa un mecanismo que se expande hasta lo sublime o se contrae para escapar por entre las ranuras de la peor mezquindad humana.

Entonces, no es raro escuchar el cuento del señor que a lomo de mula, presta libros en caseríos remotos, para enseñar a leer bajo la sombra de los Samanes, en contraste con la pericia de los verdugos en sus casas de pique. Estamos en un territorio donde el amor muta en odio exacerbado; y donde los ángeles revelan su cara de demonios.

Pero esto no es accidental. En un país donde la paternidad brilla por su ausencia, los hijos nacen en familias fracturadas, se crían sin un ejemplo de orden ni ley; cargan con una orfandad que se siente con derechos emparentados con la locura. Se vive en medio de una travesura siniestra, un juego de malcriados, caracterizado por la mala educación sentimental. Aquí la realidad es un caldo sazonado con ficción, donde yace el alma de las novelas que buscan ser contadas. 

El documental “Los Niños Perdidos” dirigido por Orlando von Einsiedel (2024) y producido por Netflix, explora el corazón de esas tinieblas; plantea una anécdota descabellada: cuatro menores de edad logran sobrevivir, cuarenta días y noches, solos en la selva, después de un accidente aéreo en el Amazonas. Superado el impacto de la noticia, el Ejército colombiano pone en marcha su parafernalia para buscarlos; al grupo se unen comunidades de indígenas, pero con una visión distinta: los guía el conocimiento, el temor y el respeto, hacia un lugar sagrado donde los helicópteros y las ametralladoras, las ingenierías y los ruidos del hombre blanco, son una profanación.

La colisión de estas dos formas culturales distintas de ver lo desconocido —con desconfianza recíproca—, es el nudo dramático de una historia de extraños que se ven obligados a compartir una misión. Este documental elimina el facilismo de la anécdota, plantea el verdadero problema de lo colombiano: la negación de escuchar al otro porque las razones personales son únicas; el desconocimiento de la otredad como interlocutor para lograr sensatez; el diálogo entre opuestos que evita conclusiones subjetivas, el que acaba con la vida manejada por capricho. 

Como todo viaje humano hacia afuera, responde a una necesidad que existe por dentro, los equipos de salvamento ignoran la razón por la cual la selva los convocó; tampoco el por qué se niega a entregar a los niños. Ella, la selva, tiene sus razones: los indígenas y militares engolosinados con el heroísmo, son retados por su duende para que puedan soportar el fracaso, la desconfianza, los tiempos muertos poblados de mosquitos, alimañas y enfermedades. Su propósito es obligarlos a construir sin darse cuenta, el tejido de una constelación familiar; los prepara casi con crueldad, para recibir los niños en el hogar al que tenían derecho, un espacio sin desamor ni maltrato. Los adultos que sintiéndose con autoridad para rescatarlos, debían entender que, si no se rescataban primero a sí mismos, no encontrarían lo que tanto ansiaban, representado en la familia simbólica que querían reunificar. 

Nicolás Ordóñez, el joven indígena que a los doce años fue reclutado por la guerrilla de las farc, y quien encontró a los niños casi a punto de morir, al verlos les dice ¡FAMILIA! En sus palabras describió el peso de la tragedia colombiana: “Me perdí en la guerra y estuve muy triste, pero cuando volví, la sonrisa de mi madre y el abrazo de mis hermanos son todo para mí”. Hay una melancolía profunda en todos aquí, corresponde al destierro al que la orfandad los ha condenado. El milagro de haber aceptado la existencia de los otros, configuró la unidad que le dio valor a lo intangible, a lo alejado del poder y el sometimiento, al servicio como puente para llegar al territorio de la compasión; en ese lugar, era imposible que no se diera el amor.    

Me llegan a la mente las imágenes finales de la película “La Misión” (1986), dirigida por Roland Joffé y producida por Warner Bros —con una banda sonora sublime de Ennio Morricone—, donde un pueblo termina destruido por una batalla entre hombres que discuten si los indios tenían alma, o por el contrario, eran animales. En esa escena, un niño indígena, único sobreviviente de la matanza, rescata un violín de los escombros; sube a una canoa y se aleja remando por el río hacia las entrañas de la selva… Esta acción de un suspenso lírico, sugiere que el conflicto no radica tanto en el valor relativo que se les da a las cosas, sino en el aprender a ver el mundo con los ojos del alma.  

sábado, 14 de septiembre de 2024

Los que no duermen

 

Por: Hugo Reyes Saab

Leer por segunda vez la novela Unos duermen, otros no, de Eduardo Bechara Navratilova —después de quince años de ser publicada—, es repasar el pasado de Colombia y constatar que nada ha cambiado. Inquieta saber qué tipo de gente vive aquí, por qué creen habitar el país más bello del mundo, y cómo le pueden dar la espalda a tantas atrocidades. El colombiano sufre una ceguera colectiva, no percibe que está en un no-lugar, un territorio de paso como el de un aeropuerto, un hotel o un supermercado: un sitio donde se malvive porque se empeña en ignorar la presencia de los otros. Sus relaciones se limitan a la cortesía, a la indiferencia o a la agresión. Carece de habilidad para incorporarse al grupo, compartir referentes sociales, tejer sociedad. No ha logrado inventar una comunidad que avance, deje atrás la barbarie, que sea más empática y sofisticada. 

Eduardo narra en frases cortas, con punto seguido: no hay espacio para las comas. Es un tiroteo lingüístico parecido al de nuestros diálogos cotidianos donde no se le da al otro la oportunidad para replicar. Nos sentimos dueños del punto final, ignoramos la fluidez necesaria en todo diálogo humano. En este contexto, es posible asociar la estructura de su libro con los fallidos acuerdos de paz que terminan bombardeados en el monte… o con esas simpatías tan nuestras, amores pasajeros de cantina, que terminan en cuchilladas.

En este punto toma relevancia Boris, protagonista de la novela. Él es la fórmula que Eduardo utiliza para plantearnos su ecuación narrativa. Boris es un privilegiado, ha recibido educación superior; pero no es arribista ni distante: empático, de pensamiento agudo y fino, representa la sensatez en un escenario constante de guerra. Busca el punto medio, el equilibrio. La realidad lo ha golpeado, ya no es un ruido en el noticiero ni una tragedia ajena: su hermano Tufik ha fallecido por una de las bombas que explotaron en los años noventa.

Boris es abogado y trabaja en un bufete. ¿Qué mejor sitio para enmarcar la historia que una oficina donde se acude a buscar justicia? Por algo la impunidad es el origen de todas nuestras violencias. Boris sufre, vive en carne propia la matanza de inocentes. Debido a ese dolor el protagonista puede mirar en todas las direcciones: ve cómo los hombres letrados y los obreros no se soportan, cómo los ricos y los pobres se desprecian, cómo los políticos se burlan de la gente honrada, y cómo todos se culpan entre sí.

En el microcosmos de su oficina, Boris padece estos mismos males, replicados en la figura de su jefe, Pinillos. Es un acosador laboral, un esclavista. Sus palabras expresan lo que muchos jefes piensan de sus subalternos; que todos son inferiores y despreciables. Él se siente superior, incapaz de interactuar con los demás a través de un vínculo que no sea el miedo. Su conducta es sinónimo de las relaciones de poder y arribismo que nos caracteriza. 

El protagonista de la novela habla tanto con los vivos como con los muertos; los presentes y los ausentes. Entona una mezcla de duelo, zozobra y muerte. También carga con una alta dosis de erotismo que atraviesa la narración, y este lenguaje entre romántico y lujurioso alivia para el lector el peso de un país que se siente caer a pedacitos. Cuando Boris se lanza al vacío en su paracaídas, imagina la caída como un orgasmo dentro de su amada Albatros. En ese momento él entiende que la única solución posible es soltar las certezas de la guerra y abrazar la incertidumbre del amor: porque, aunque amar sea un riesgo, es mucho más placentero que morir en un tiroteo. Boris es seco, masculino y fuerte. Encarna el alma del colombiano que aún está en búsqueda de su ternura. El tejido de la novela contiene una poética extraña que le roba momentos íntimos a Bogotá: fotografía temperaturas, destapa olores, se mueve entre las serpientes del tráfico, titila con las luces de los barrios y se oculta entre las nieblas del amanecer.

El final, de corte cinematográfico, muestra al protagonista abandonado en una carretera. Está malherido. Mientras sale el sol, empieza a caminar sin rumbo fijo: es la encarnación de un país en ciernes que no sabe en dónde está el territorio que necesita encontrar y habitar. Un lugar que lo evadirá si insiste en la gritería entre los de arriba y los de abajo.


viernes, 2 de agosto de 2024

Formas de estar en la cama


Por:

Hugo Reyes Saab 


Escuchar la voz narrativa de Giussepe Ramírez en su libro Formas de estar en la cama, es experimentar una literatura en donde el tímpano de quien la escucha corre el riesgo de romperse como un vidrio. Esta particular figura, usada por él para describir la violación de uno de sus personajes femeninos, es precisa, produce un escozor que continúa aún después de cerrado el libro. 

Giussepe es un maestro en crear tensiones, revela sin decoro el drama de los protagonistas, despliega el menú de sus secretos, todos incómodos, y los ubica sobre escenarios descritos en palabras cortas; son segundos de imágenes extensas que resultan vívidas y deslumbrantes, mientras riman con el infierno interior de los involucrados. Su mirada transita por tramas psicológicas sin perder el pulso; el espectador no tiene más opción que callar ante el peso de los argumentos.    

La cama es la analogía para cuentos de amantes despechados, adolescentes vengativos, mascotas despreciadas, y un posible asesino en serie; todo al mando de una prosa certera que concluye con un toque de ciencia ficción. Giussepe describe muchas formas de intimidad, cada una con final desolador, advierte el riesgo de pisar el campo minado del afecto inclusive si se lleva escafandra. El lector queda con la sensación de haber sobrevivido a una tormenta, pero sin poder deshacerse de los zapatos y las medias mojadas. 


sábado, 15 de junio de 2024

Todos somos extraños.

 


Por: 

Hugo Reyes Saab


Rara vez uso el intelecto para hablar de cine, siento que opaca la esencia; más bien recurro a la memoria de la piel, a las emociones que me generan las imágenes proyectadas en la pantalla, con ese método intento descifrar el acertijo, es más natural y espontáneo.

Por eso advierto: hay muchas revelaciones en lo que vas a leer; si no has visto "Todos somos extraños" (2023), del director británico Andrew Haigh, es mejor que te detengas, la veas, y después vuelvas aquí; no quiero que pierdas el gusto de asombrarte con esta película. 

Me es imposible mantener distancia de una propuesta cinematográfica que hechiza desde la primera toma, su banda sonora es hipnótica, inquietante y dulce, teje un bolero espectral con canciones pop de los años ochenta; nada está puesto al azar, ni las personas ni las cosas; sus giros logran confundirnos hasta hacernos preguntar en qué historia nos han metido; pero a pesar de la desorientación, es imposible no conmoverse ante unos diálogos intensificados por miradas, silencios y suspiros, que superan por mil lo que los actores dicen. 

La narrativa está estructurada en escenas cuyo elemento principal son puertas que se abren o cierran para acceder a lugares según la voluntad de los protagonistas; esta es la clave para entender las imágenes de sus rostros expectantes asomados a las ventanas, observándose en los reflejos de los vidrios con la esperanza de regresar a lugares y tiempos donde alguna vez fueron felices; se percibe su ansiedad en el aire. Es un simbolismo que representa los filtros que tenemos para observar la realidad, o para recrearnos en las ficciones que inventamos —y se terminan por creer— de nosotros mismos.

Estas atmósferas sutiles nos llevan al universo de "El sexto sentido" (1999), del director y productor indio M. Knight Shyamalan, pero con una premisa inversa; si en esa película, Cole, el niño angustiado le confiesa en secreto a su psicólogo que él ve “gente muerta”; Andrew Haigh, en su cinta, nos revela el suyo: que él va a mostrarnos cómo es la gente viva. 

El protagonista de la historia es Adam, un escritor sombrío que vive en un edificio nuevo, poco habitado, en las afueras de Londres. Trabaja en un guion basado en su infancia. Mientras busca algo para comer de su nevera, una alarma de incendio lo hace salir a la calle. Afuera, nos damos cuenta de que él no es el único habitante del edificio, ya que otro hombre lo mira desde una de las ventanas de la enorme estructura que permanece a oscuras. De vuelta en su casa, Adam escucha el timbre y abre para darse cuenta de quien lo observaba es Harry, un vecino que se le presenta borracho, y con botella en mano, pidiéndole que lo deje entrar; para lo que sea. Entabla con él una conversación incómoda, le confiesa que no soporta la soledad, ni mucho menos el “silencio” del edificio. Le dice que "sospecha que las ventanas están aseguradas para impedir que la gente salte al vacío pues el reguero de cadáveres podría arruinar el negocio de ventas de la inmobiliaria". Adam se niega a recibirlo, y con frialdad cortés, le cierra la puerta cuando Harry le dice que “siente vampiros rondando su puerta”.  

Esta poderosa comparación usada por el director para referirse al mundo contemporáneo, semejante a una mole de cemento con múltiples ventanas y pocas luces encendidas, habitada por seres solitarios y angustiados, sin posibilidades de escaparse porque se arruinaría el decorado, me plantea las siguientes preguntas: ¿estamos vivos o más bien muertos cuando ponemos la indiferencia por encima de la compasión? ¿En la soledad actual, habrá alguna posibilidad para el amor si le impedimos la entrada cuando alguien se acerca a confesarnos su desaliento? Es más fácil poner la cara dura que admitir que estamos agonizando, que tenemos miedo, que queremos ser amados —y hacerlo también—, de acuerdo con nuestra naturaleza.

"Todos somos extraños", rompe con las barreras espacio temporales; ¿acaso el amor no es así? Se la juega al poner sobre la mesa la posibilidad de llevarle la contraria a la cronología lineal y mezquina de la vida. Abre un bucle por donde nos podemos colar en ese sitio donde se crían los males de la humanidad, donde se hacen los nudos en el corazón de las personas —que tanto duelen—, y explora la posibilidad de que allí sea donde se puedan solucionar.

Adam inicia un viaje hacia el pasado tomando un tren que lo llevará al barrio de su infancia; regresa al parque de sus juegos, cruza un bosque, llega a un campo con hierba amarilla y seca, se ven los techos de las casas a lo lejos, cierra los ojos y respira profundo; al abrirlos, la tonalidad de la luz cambia, todo reverdece, él ha vuelto. Usando los giros a los que ya nos tiene acostumbrados el director, un hombre le hace señas a Adam desde lejos en lo que parece un cruising, él lo invita a seguirlo; el coqueteo es un equívoco, pues el extraño resulta ser su padre. ¿Acaso Freud no dice que los padres son el primer referente de nuestros amores? 

Él lo lleva a casa, toca el timbre, la madre abre, y reconoce a Adam por la mirada; es un reencuentro surreal pues todos lucen de la misma edad. Por algo el inconsciente siempre es descrito como un lugar sin tiempo. Ya sentados a la mesa, compartiendo un whiskey, su padre lanza esta frase: “los escritores saben menos de la vida real que el resto de las personas”, y qué fortuna que sea así, pues por eso, Adam es capaz de guiarse por una senda donde sus fantasmas tendrán la oportunidad de decirse todo lo que no se pudo, y de saldar lo pendiente. Cada viaje de regreso en tren para encontrarse con sus padres tiene el tinte de "2046 - Los secretos del amor" (2004), del escritor y director chino-hongkonés Won Kar Wai, quien usa este recurso para describir la máquina del tiempo que en el futuro les servirá a los hombres para reparar los daños del pasado. Esta ida y vuelta del protagonista nos revela su dolor; al mismo tiempo nos descubre a Harry, su vecino, la cuarta ficha que entra a jugar en este triángulo familiar, un personaje que con su dulzura logra vencer la resistencia de Adam para entrar en su vida; la sinceridad, la vulnerabilidad y la ausencia de orgullo, priman en la relación de los cuatro. Los espectadores empezamos a sentir lo entrañable —e importante— que podría ser el tener estas conversaciones postergadas.

Adam vive un renacimiento, su personalidad reprimida por fin se despliega. Si se tiene en cuenta que el lenguaje puede ser curativo, cada palabra puesta por el guionista en boca de los personajes contiene la medicina más poderosa: su belleza narrativa es de una intensidad que duele, revela que hay algo equivocado en la manera como hemos decidido golpear la vida en vez de acariciarla.

Entonces vuelve la pregunta: ¿Cuándo se está vivo o cuándo se está muerto? Aquí lo “real” carece de importancia, lo que prima es la calidad de los sentimientos, la autenticidad con la que decidimos vivir. Con esta segunda premisa, el bucle que con maestría ha abierto "Todos somos extraños", empieza a cerrarse. El milagro del encuentro no puede durar mucho, perdería su encanto ante el peso de la vida cotidiana; hay que despedirse: la familia vuelve a sentarse a la mesa, pero ya no con un whiskey, sino con el menú especial de malteadas y hamburguesas del restaurante favorito de Adam, un lugar para él mejor que Disneylandia. Esta reunión no es un formulismo social, es el inicio de lo que quedó truncado y necesita reactivarse para que todos puedan continuar; hay que aliviar las cargas. Llega la hora de los te quieros, de los reconocimientos, de las súplicas de Adam para que no haya esta despedida que le resulta insoportable, y lo hace llorar. En un último intento, antes de que se cierre el portal, su madre le pide que se arriesgue con Harry, que, aunque sabe que va a tener que cuidarlo porque tiene una cara muy triste, espera que puedan ser felices. 

Adam va a buscar a Harry —y en otro guiño a la película de M. Knight Shyamalan—, él entra al ascensor y oprime el botón del sexto piso; es la primera vez que Adam baja a visitarlo pues los encuentros siempre han sido en su apartamento de los últimos pisos del edificio. Ve la puerta abierta, entra a la sala y siente un olor nauseabundo, algo ha pasado aquí: encuentra su cuerpo muerto en estado de descomposición; "los vampiros que rondaban a Harry” lo han eliminado. En esta impactante escena, la extrañeza queda revelada. El cadáver que yace en los pisos de abajo representa lo humano que se extinguió bajo el peso de los de arriba, los que creyeron ser superiores por estar ausentes de sí mismos y de los demás.

Ante este hallazgo, Andrew Haigh recurre a la magia del cine para resucitar a Harry; al darles otra oportunidad a estos dos hombres —o, mejor dicho, a la humanidad entera—, ellos desanudan su corazón, se vuelven presentes y cercanos, dejan de sentir pánico frente al otro; descubren el poder del afecto que evitará el tomar otras salidas que conduzcan a la confusión y a la tristeza. Amar será lo normal, no lo raro. "Todos somos extraños", con la última toma que proyecta antes de que salgan los créditos de la película, logra enviar el mensaje: juntos somos uno. Las estrellas solitarias nunca formarán constelaciones.


                                                          Para Leslie.

martes, 11 de junio de 2024

El revoloteo de los alcaravanes

 


Por:

Hugo Reyes Saab


 La literatura es una perfecta máquina del tiempo: con solo teclear unas palabras se materializan ante la imaginación mundos perdidos, épocas remotas, y los sitios de la nostalgia cobran vida, dispuestos a recibir a los curiosos. Marco Fidel Urbano Franco, en su libro "El revoloteo de los alcaravanes", es el crononauta que, gracias al artilugio de su técnica, describe con nitidez la época de la Bogotá de finales de los años cuarenta; esa que con su tinte sepia aviva el interés por buscarla en los rincones del centro de la ciudad donde todavía subsisten sus huellas. Sitios como el recién desaparecido café Saint Moritz, la Avenida Jiménez o el Pasaje Hernández, mantienen la memoria de una ciudad que pretendía ser, justo antes del Bogotazo, un Buenos Aires pequeñito. 

Marco Fidel se pasea por una ciudad rodeada por lo rural, donde todavía se escuchan los soplos del vapor de la locomotora 45 que parecen disparar las palabras: "mucho peso, poca plata, mucho peso, poca plata…", mientras se desliza con parsimonia por los rieles del ferrocarril de la sabana; un sonido que denuncia lo que es y será vivir en Colombia: pesará mucho y no dará plata. 

El día en que es asesinado Gaitán, el caudillo del pueblo, la gente la emprenderá contra los edificios de una ciudad oligarca que les ha negado acceso al sueño urbano de prosperidad. Mientras en el espacio público se saquea y se vandalizan los sitios de los ricos, en el íntimo se es testigo del drama del joven Silvestre, quien, en la madrugada del 10 de abril, se entera de la muerte de su madre, y debe ingeniárselas para regresar al pueblo de Oicatá para llegar a tiempo a su funeral.

La novela desata un suspenso que no afloja ni en el punto final, se percibe la angustia del protagonista que lamenta no haber podido visitar antes a su madre debido a que perdió el dinero del viaje en una apuesta callejera; la culpa aceita la dinámica de una aventura que involucra a muchos, pero que para el protagonista resulta ser un asunto de vida o muerte. El narrador es diestro para entrar en el universo y en el corazón de sus protagonistas; viaja a sus pasados sin perder el hilo, elabora analepsis impecables que regresan al presente con una historia más robusta para el lector.

"El revoloteo de los alcaravanes" es una obra rica en detalles, en giros, hace homenaje a la gente sencilla, a la que más allá de las filiaciones políticas es bondadosa y decente, la que mueve el mundo no para quemarlo sino para salvarlo, la que tomaba Mejoral para el dolor de cabeza y Kolcana para la sed; la que no tenía para comprar cerveza, pero sí chicha. El mayor acierto de esta novela es el guiño que hace a Juan Rulfo: imaginar a Silvestre llegar de noche al rancho de su madre, cojo, agotado y envuelto en una ruana, despliega una de esas atmósferas crepusculares del maravilloso Pedro Páramo. Es un homenaje total a la vida que nos inspiran nuestros muertos.

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