sábado, 14 de septiembre de 2024

Los que no duermen

 

Por: Hugo Reyes Saab

Leer por segunda vez la novela Unos duermen, otros no, de Eduardo Bechara Navratilova —después de quince años de ser publicada—, es repasar el pasado de Colombia y constatar que nada ha cambiado. Inquieta saber qué tipo de gente vive aquí, por qué creen habitar el país más bello del mundo, y cómo le pueden dar la espalda a tantas atrocidades. El colombiano sufre una ceguera colectiva, no percibe que está en un no-lugar, un territorio de paso como el de un aeropuerto, un hotel o un supermercado: un sitio donde se malvive porque se empeña en ignorar la presencia de los otros. Sus relaciones se limitan a la cortesía, a la indiferencia o a la agresión. Carece de habilidad para incorporarse al grupo, compartir referentes sociales, tejer sociedad. No ha logrado inventar una comunidad que avance, deje atrás la barbarie, que sea más empática y sofisticada. 

Eduardo narra en frases cortas, con punto seguido: no hay espacio para las comas. Es un tiroteo lingüístico parecido al de nuestros diálogos cotidianos donde no se le da al otro la oportunidad para replicar. Nos sentimos dueños del punto final, ignoramos la fluidez necesaria en todo diálogo humano. En este contexto, es posible asociar la estructura de su libro con los fallidos acuerdos de paz que terminan bombardeados en el monte… o con esas simpatías tan nuestras, amores pasajeros de cantina, que terminan en cuchilladas.

En este punto toma relevancia Boris, protagonista de la novela. Él es la fórmula que Eduardo utiliza para plantearnos su ecuación narrativa. Boris es un privilegiado, ha recibido educación superior; pero no es arribista ni distante: empático, de pensamiento agudo y fino, representa la sensatez en un escenario constante de guerra. Busca el punto medio, el equilibrio. La realidad lo ha golpeado, ya no es un ruido en el noticiero ni una tragedia ajena: su hermano Tufik ha fallecido por una de las bombas que explotaron en los años noventa.

Boris es abogado y trabaja en un bufete. ¿Qué mejor sitio para enmarcar la historia que una oficina donde se acude a buscar justicia? Por algo la impunidad es el origen de todas nuestras violencias. Boris sufre, vive en carne propia la matanza de inocentes. Debido a ese dolor el protagonista puede mirar en todas las direcciones: ve cómo los hombres letrados y los obreros no se soportan, cómo los ricos y los pobres se desprecian, cómo los políticos se burlan de la gente honrada, y cómo todos se culpan entre sí.

En el microcosmos de su oficina, Boris padece estos mismos males, replicados en la figura de su jefe, Pinillos. Es un acosador laboral, un esclavista. Sus palabras expresan lo que muchos jefes piensan de sus subalternos; que todos son inferiores y despreciables. Él se siente superior, incapaz de interactuar con los demás a través de un vínculo que no sea el miedo. Su conducta es sinónimo de las relaciones de poder y arribismo que nos caracteriza. 

El protagonista de la novela habla tanto con los vivos como con los muertos; los presentes y los ausentes. Entona una mezcla de duelo, zozobra y muerte. También carga con una alta dosis de erotismo que atraviesa la narración, y este lenguaje entre romántico y lujurioso alivia para el lector el peso de un país que se siente caer a pedacitos. Cuando Boris se lanza al vacío en su paracaídas, imagina la caída como un orgasmo dentro de su amada Albatros. En ese momento él entiende que la única solución posible es soltar las certezas de la guerra y abrazar la incertidumbre del amor: porque, aunque amar sea un riesgo, es mucho más placentero que morir en un tiroteo. Boris es seco, masculino y fuerte. Encarna el alma del colombiano que aún está en búsqueda de su ternura. El tejido de la novela contiene una poética extraña que le roba momentos íntimos a Bogotá: fotografía temperaturas, destapa olores, se mueve entre las serpientes del tráfico, titila con las luces de los barrios y se oculta entre las nieblas del amanecer.

El final, de corte cinematográfico, muestra al protagonista abandonado en una carretera. Está malherido. Mientras sale el sol, empieza a caminar sin rumbo fijo: es la encarnación de un país en ciernes que no sabe en dónde está el territorio que necesita encontrar y habitar. Un lugar que lo evadirá si insiste en la gritería entre los de arriba y los de abajo.


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