domingo, 15 de diciembre de 2024

Los perdidos

 


 Por: Hugo Reyes Saab

Al interior de nosotros debe existir una réplica exacta del mundo que vemos afuera; ese es el origen de los deseos: lo que se busca por fuera refleja una carencia interna; los objetos que llaman nuestra atención son producto de una ansiedad espiritual más que física.

Visto así es válido plantearse ciertas preguntas: ¿por qué Colombia es una fábrica de historias? ¿A qué se atribuye el hecho de que en este país es posible encontrar —y vivir— las cosas más absurdas que cualquier autor hubiese querido imaginar para sus obras? Será porque nuestra psiquis ha elaborado una réplica de la realidad, de naturaleza flexible, como la de un perdido que por supervivencia, activa un mecanismo que se expande hasta lo sublime o se contrae para escapar por entre las ranuras de la peor mezquindad humana.

Entonces, no es raro escuchar el cuento del señor que a lomo de mula, presta libros en caseríos remotos, para enseñar a leer bajo la sombra de los Samanes, en contraste con la pericia de los verdugos en sus casas de pique. Estamos en un territorio donde el amor muta en odio exacerbado; y donde los ángeles revelan su cara de demonios.

Pero esto no es accidental. En un país donde la paternidad brilla por su ausencia, los hijos nacen en familias fracturadas, se crían sin un ejemplo de orden ni ley; cargan con una orfandad que se siente con derechos emparentados con la locura. Se vive en medio de una travesura siniestra, un juego de malcriados, caracterizado por la mala educación sentimental. Aquí la realidad es un caldo sazonado con ficción, donde yace el alma de las novelas que buscan ser contadas. 

El documental “Los Niños Perdidos” dirigido por Orlando von Einsiedel (2024) y producido por Netflix, explora el corazón de esas tinieblas; plantea una anécdota descabellada: cuatro menores de edad logran sobrevivir, cuarenta días y noches, solos en la selva, después de un accidente aéreo en el Amazonas. Superado el impacto de la noticia, el Ejército colombiano pone en marcha su parafernalia para buscarlos; al grupo se unen comunidades de indígenas, pero con una visión distinta: los guía el conocimiento, el temor y el respeto, hacia un lugar sagrado donde los helicópteros y las ametralladoras, las ingenierías y los ruidos del hombre blanco, son una profanación.

La colisión de estas dos formas culturales distintas de ver lo desconocido —con desconfianza recíproca—, es el nudo dramático de una historia de extraños que se ven obligados a compartir una misión. Este documental elimina el facilismo de la anécdota, plantea el verdadero problema de lo colombiano: la negación de escuchar al otro porque las razones personales son únicas; el desconocimiento de la otredad como interlocutor para lograr sensatez; el diálogo entre opuestos que evita conclusiones subjetivas, el que acaba con la vida manejada por capricho. 

Como todo viaje humano hacia afuera, responde a una necesidad que existe por dentro, los equipos de salvamento ignoran la razón por la cual la selva los convocó; tampoco el por qué se niega a entregar a los niños. Ella, la selva, tiene sus razones: los indígenas y militares engolosinados con el heroísmo, son retados por su duende para que puedan soportar el fracaso, la desconfianza, los tiempos muertos poblados de mosquitos, alimañas y enfermedades. Su propósito es obligarlos a construir sin darse cuenta, el tejido de una constelación familiar; los prepara casi con crueldad, para recibir los niños en el hogar al que tenían derecho, un espacio sin desamor ni maltrato. Los adultos que sintiéndose con autoridad para rescatarlos, debían entender que, si no se rescataban primero a sí mismos, no encontrarían lo que tanto ansiaban, representado en la familia simbólica que querían reunificar. 

Nicolás Ordóñez, el joven indígena que a los doce años fue reclutado por la guerrilla de las farc, y quien encontró a los niños casi a punto de morir, al verlos les dice ¡FAMILIA! En sus palabras describió el peso de la tragedia colombiana: “Me perdí en la guerra y estuve muy triste, pero cuando volví, la sonrisa de mi madre y el abrazo de mis hermanos son todo para mí”. Hay una melancolía profunda en todos aquí, corresponde al destierro al que la orfandad los ha condenado. El milagro de haber aceptado la existencia de los otros, configuró la unidad que le dio valor a lo intangible, a lo alejado del poder y el sometimiento, al servicio como puente para llegar al territorio de la compasión; en ese lugar, era imposible que no se diera el amor.    

Me llegan a la mente las imágenes finales de la película “La Misión” (1986), dirigida por Roland Joffé y producida por Warner Bros —con una banda sonora sublime de Ennio Morricone—, donde un pueblo termina destruido por una batalla entre hombres que discuten si los indios tenían alma, o por el contrario, eran animales. En esa escena, un niño indígena, único sobreviviente de la matanza, rescata un violín de los escombros; sube a una canoa y se aleja remando por el río hacia las entrañas de la selva… Esta acción de un suspenso lírico, sugiere que el conflicto no radica tanto en el valor relativo que se les da a las cosas, sino en el aprender a ver el mundo con los ojos del alma.  

1 comentario:

  1. Querido Huguito, interesante análisis. Tendemos a mirar hacia afuera, pero, para reconciliarnos con el mundo, primero debemos reconciliarnos con nosotros mismos. Buscaré el documental. Éxitos en todo y un fuerte abrazo!

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