viernes, 31 de enero de 2025

EL CONFLICTO


Por:

Hugo Reyes Saab


 Las reacciones suscitadas por el lanzamiento de la serie Cien Años de Soledad en Netflix, revelan sin filtro lo que somos como país; además de los gustos o disgustos generados por la obra misma, sus aciertos o desaciertos, sorprende la capacidad de encendernos al mejor estilo de las barras bravas en un estadio, carecemos de la virtud de la contención propia de un pueblo civilizado. Lo confieso, también tuve dificultad para digerir las imágenes, las acciones y los diálogos de una producción valiente al colarse en la catedral custodia de nuestro imaginario colectivo; pero de ahí a engancharse en una contienda, es un ejercicio inútil. Hay algo de razón en el comentario de la escritora y columnista Carolina Sanín al decir que la artificialidad de la producción incomoda, que su cinematografía entre Encanto de Disney y ambientación de restaurante típico impide entrar en contacto con el “fantasma” que se percibe al leer el libro de García Márquez; esto significa, la correspondencia que se entabla con las situaciones, rostros y lugares, que primero deben sentirse para luego inventarse en la mente del lector. Esta relación íntima falla, cae en los estereotipos, no es delicada para hipnotizarnos y convencernos de que lo que vemos en pantalla corresponde a la “realidad” que cada uno de nosotros le ha construido al libro. Carece de magia, del acto prestidigitador al cual nos tiene acostumbrados Gabo. Es decepcionante, pues uno de los productores es Rodrigo García, su hijo, quien es un director de cine altamente sensible, caracterizado por la sutileza psicológica que les imprime a sus creaciones.  

Manifiesta la incomodidad, debo hablar de los aciertos: es muy importante haber bajado de los anaqueles de las lecturas obligatorias una obra que, precisamente por impuesta, fue liquidada para la gran mayoría de lectores. Es increíble cómo antes de ser producida por Netflix, muchas personas negaban haberla leído, le temían y la odiaban por lo enredado de sus genealogías, habían recurrido a los folletines de resumen literario para entregar la tarea escolar. Por mi parte, tuve la ventaja de escuchar la clase de mi profesora de español, La Señora Chavita, quien nos advirtió que nunca lo leyéramos, pues era un libro sucio, lleno de malas palabras. Y a quién se lo dijo… ¡A mí!, más curioso que un gato. Ya lo había visto en la biblioteca de la casa, y no pude soportar la tentación de tomarlo; a los trece años, a escondidas, muerto de miedo leí el primer párrafo. La escena en donde el coronel Aureliano Buendía, frente al pelotón de fusilamiento, recuerda la tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo, me fulminó; y así como él se salva de la muerte, yo me descubro como escritor al emocionarme con tal intensidad ante el hechizo de un párrafo. 

Es válido que de esta obra se hagan muchas versiones. Así como Shakespeare ha tolerado múltiples montajes, al universo García-Marquiano se le debería dar la oportunidad de experimentar para así llegar a las personas que desconocen su obra. Se trata de darle a la literatura la posibilidad de salvarnos en medio de este mundo mezquino. En este punto encuentro lo que me quiero quedar de la serie: me explicó el por qué cuando he leído el libro me ha enternecido —y desolado— el personaje de Remedios Moscote. Es una sensación inquietante e intensa en el paladar cada vez que repaso su historia. ¿Por qué un ser tan hermoso e inocente, compasivo y empático, es introducido y sacado de forma tan abrupta y sangrienta de la obra? ¿Será para explicar el origen de lo endémico de nuestra violencia? Esa visceralidad en estado de alerta cuando algo —o alguien— se nos cruza en el camino de nuestras convicciones. Hay una incapacidad para establecer dialécticas, el ejercicio de opiniones conducente a la conclusión liberadora. La paz siempre será el mártir de nuestros ideales. Remedios es una pausa dentro de una prosa delirante, pero cargada de crueldad. 

Las imágenes que ensambló la plataforma me lo esclarecieron: la muerte de Remedios activa la personalidad oculta del coronel Aureliano Buendía —su viudo—, quien termina siendo el guerrero más liberal y sangriento. Al igual que en él, nuestra violencia proviene de una pena de amor, un duelo, pues los escasos momentos de ternura vividos, son arrebatados rápidamente, no vaya y sea que nos volvamos tibios o blanditos. Sufrimos de abandono, así como la escasez de bondad es peculiaridad de nuestras relaciones. Aunque creemos la alucinación colectiva de que somos buena gente, todavía falta mucho para que anulemos la maldición final del libro, la que dice que aquellos pueblos condenados a cien años de soledad serán borrados de la faz de la tierra. Es importante recordar que estar solos significa la tristeza de no poder contar con los otros.